Visitando el blog de mi amigo Gus, y en concreto leyendo esta entrada,
La cajita de los olvidos, me he dado cuenta de que tengo mucho que aportar sobre ese tema: los recuerdos.
Como dice Gus, todos o casi todos tenemos una cajita donde guardamos infinidad de tonterías, que para nosotros se convierten en pequeños "
tesoros de la memoria" y que evocan lugares, sensaciones, personas o incluso las 3 cosas a la vez.
Yo creo que quizás, lo mío sea ya más síndrome de Diógenes que afán or guardar trocitos de vida en una cajita, porque tengo más de una caja y guardo prácticamente todo.
Al principio, cuando mi vida era más bien plana, guardaba las entradas de cine, anotando por detrás con quien había ido, pero también guitas de la manzanilla
La Guita de cada Feria de Abril, billetes de tren (aunque fuera del cercanías) y tickets de restaurantes... pero lo peor estaba por llegar.
Cuando ya tuve mi primer novio, el segundo y los que vinieron detrás, cada momento era especial, distinto, e incluso llegue a guardar, pegado en el diario, un chicle que me pasó de su boca un chico con el que me enrollé en la playa... escribía en el Diario y muchas de las cosas que deberían haber ido a la cajita, acababan pegadas en sus páginas, para ilustrar mejor lo que contaba, supongo. Seguí guardando las entradas de cine, teatro, conciertos, exposiciones... y los tickets de restaurantes, pero también anillos, como el de Urko de Vitoria, que ya ni me cabe, o pulseras de hilos, con el nombre del chico en cuestión. También tengo un colgante que es un grano de arroz en un tubito, con nuestros nombres escritos... en fin, ¡la moda de los 80!
Pero creo que, el momento que cambió mi vida y me hizo aferrarme a cosas que podrían considerarse basura para intentar que ese momento perdurara en el tiempo fue mi primer viaje fuera de España, sola y por 6 meses: Irlanda.
Tengo una caja, bastante grande, donde guardo periódicos gratuitos que me daban en Dublin y que nunca leí, por supuesto, tickets de autobús y tren, todas las bolsas de los regalos que fui comprando por allí, el ticket del disc-man con mp3 que me compré allí, la tarjeta SIM del teléfono que me compré allí, posavasos manchados y viejos de las típicas tascas irlandesas, un botellín de
coca-cola sin abrir que se está evaporando lentamente, el colgante con forma céltica que me regaló el irlandés del que me enamoré, un albornoz del hotel de 5 estrelas donde dormimos la última noche (si, ya sé que eso es robar pero era precioso), una pelusa metida en un plástico para que mi padre viera el tamaño que alcanzaban en una moqueta que se aspiraba poco, las pegatinas que les ponen a las maletas con tu número de billete, un paquete de jonh player azul con las advertencias de fumar mata en inglés (luego descubrí que en Gibraltar también lo hay), un trozo de césped del parque de St. Stephen Green que ahora parece tabaco de liar y una lata de Guinness Stout, sin abrir.
Pero, a pesar de todo eso que guardo, acumulo diria yo, es cierto que no necesito nada de eso para recordar los buenos momentos, quizás las fotos ayuden, pero son olores, sensaciones y momentos irrepetbles que se guardan en nuestras cabezas y en nuestros corazones y que, por muchas o pocas cajitas que tengamos llenas de cosas, siempre van a permanecer ahí, inamovibles...